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La Coctelera

Calvo Sotelo - Klemperer

Grandes elogios de Calvo Sotelo. Creo que son los típicos elogios del muerto. Como hombre público, fue mediocre tirando a incapaz. En cuanto al nivel de su cultura, a juzgar por sus artículos y entrevistas no creo que sea para tanto. Más bien parece una ilusión creada a través de ese hieratismo con adornos aristocráticos y caciquiles que tango gusta y asombra a muchos periodistas, a los paletos y a las folklóricas.
Es de destacar la reacción de Juan Luís Cebrián. ¡Que tipo! Su artículo publicado en El País es vil e inmisericorde; ahora, no se le puede negar arte para apuñalar y traicionar con aires de concordia y reconocimiento. Lo de decir que, cuando él era director del periódico, Calvo Sotelo pidió su cabeza a Polanco, pase: al fin y al cabo, es sabido y aceptado que los poderosos siempre están queriendo cargarse a algún periodista. Pero revelar que, años después, el propio Calvo Sotelo le mendigó a él, a Cebrián, ayuda para entrar en la Real Academia Española de la Lengua, es un acto de alimaña. Vivan el talante y la tolerancia.

Klemperer, muy bueno. Tiene gran talento e intuición, y refleja con altura de miras y punto de vista amplio los padecimientos tanto de los judíos que, igual que él, pertenecían a la clase culta y acomodada, como del resto, incluidos los más humildes. Mejor cuando escribe a vuelapluma. Si narra formalmente (estancia en prisión), pierde frescura y acierto en la selección de los detalles. En esto me recuerda a Azaña, prodigioso en el diario y más bien ramplón y cursi en sus novelas y relatos.
Los detalles: he ahí el fundamento de toda creación literaria. Y en esta época de zafonismos, catedralismos, sabanismos davincismos y otros ismos ¿qué pintan los detalles y aun el fondo de las narraciones? Nada. Todo se ha vulgarizado y masificado. La literatura yace aplastada por charlatanes y mercachifles.
Volviendo a Klemperer, también destaca su sinceridad. Da cuenta sin ambages de que los continuos asesinatos de conocidos e incluso amigos le causan más miedo a la tortura y a la muerte que dolor; de las humillaciones soportadas y también de las que él mismo se provoca al robarle comida a su vecina de Judenhaus; de su egoísmo y mezquindad cuando piensa más en las dificultades que le causaría la muerte de su esposa aria que en cuidarla y protegerla.
En esto de la sinceridad, no me recuerda a Azaña.

EVO MORALES, ESE PÁJARO


Nuestros progres (Zapatero en vanguardia), al verlo llegar con el jersey a rayas horizontales y cocaleras, sus rasgos cobrizos componiendo una expresión bondadosa, casi inocente (como aquél que aguanta sereno y resignado las consecuencias seculares de la tiranía conquistadora y explotadora de los malvados españoles, y el cruel imperialismo yanqui), nos lo quisieron mostrar como un pobrecito indígena pidiendo ayuda y condonaciones al objeto de paliar la miseria de la mayoría de sus compatriotas.
Le faltaba la quena, el poncho, la llama (también valdría una vicuña) y el pasamontañas, que el pasamontañas sí que vuelve locos a nuestros progres; para ellos, a falta de un multicultural turbante, no hay nada mejor que un pasamontañas andino o, incluso, zapatista: es como el emblema de todas las revoluciones pendientes, de todas las promesas de una sociedad igualitaria y feliz que solamente será ambas cosas mientras no exista, y que, si existiera, estaría lo bastante lejos como para no abolir las subvenciones a saltimbanquis y currinches, no saquear los chalets de La Moraleja, no nacionalizar el GRUPO PRISA y no apropiarse de la Sociedad General de Autores, a la sazón, el tinglado mafioso mejor organizado, seguro y rentable del Mundo.
Sí, le faltaban los trebejos y los animales propios de la resistencia indígena; sin embargo, con el jersey multicolor y el rostro aindiado ora perplejo, ora zorruno, se las arregló bien, y a nuestros progres les fue fácil presentarlo como una suerte de pájaro choüí (que, en realidad, viene de una leyenda paraguaya; pero en Bolivia también hay guaraníes, y, en cualquier caso, todo queda en el altiplano), que cantando está, choüí, choüí, y volando va.
No hay nada como una exhibición castrense para acabar con las leyendas. En efecto, ahora Evo Morales, tomando industrias y amenazando bajo la protección de cascos y fusiles, ya no parece (pues sólo lo parecía) el tierno indiecito guaraní que al morir se convirtió en choüí por extraño sortilegio, sino que muestra su verdadera índole, su condición fanática y totalitaria: el que aparentaba ser un choüí no era, no es, sino una peligrosa ave de rapiña.
Por su parte, los bolivianos pobres están contentos. Creen que es verdad eso de que gracias a la revolucionaria medida de Evo, tendrán muchas escuelas y hospitales y aun les van a dar tierras. No sé el tiempo que permanecerán engañados; probablemente mucho, pues el populismo y la demagogia, así como también la propaganda y los métodos marxistas (delación. tortura, chantaje, terror) constituyen una venda muy difícil de eludir, conforman una atmósfera de fatalidad, de que las cosas no pueden ser de forma distinta a la que los dictadores (comunistas, en este caso) dicen que son, y de sus cabezas (las de los pobres) desaparece hasta el menor atisbo de esperanza, sólo les queda la resignación y el miedo. Así, en esta historia, ellos, los pobres, también son pájaros: les corresponde el papel del sufridor pájaro ¡huy! ¡huy! ¡huy! El pájaro ¡huy! ¡huy! ¡huy! tiene los cojones tan grandes que, por muy bien que ejecute el aterrizaje, los arrastra unos cuantos metros y, claro, se queja amargamente: ¡huy! ¡huy! ¡huy!, ¡huy! ¡huy! ¡huy! Su destino es aciago, irrevocable, brutal, pues no puede comer ni dormir sino en el suelo.
¿Y nuestros progres? ¿Vamos a dejarlos sin reflejo volátil? No, claro que no. A nuestros progres, con Zapatero al frente, les gusta todo lo que sea antiespañol, anticristiano y antiamericano, de modo que estos siniestros tinglados marxistas (Venezuela, Bolivia —Brasil, no: en gran medida, Lula les salió rana—, Cuba —siempre el camarada Fidel— y, según lo más probable, Perú) les molan mogollón. Y, claro es, se congratulan y se ríen. Son vengativos y crueles como el pájaro ¡ji, ji, ji!, el cual, cuando, desde una cómoda y frondosa rama, ve el lacerante aterrizaje del pájaro ¡huy! ¡huy! ¡huy!, se ríe: ¡ji, ji, ji!, ¡ji, ji, ji! Puede que en la rama de al lado esté Chavez, el Gorila Rojo.